Horror A La Vejez

  • Uploaded by: Jose Coll
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HORROR A LA VEJEZ A pesar de las morbilidades que aparecen con la edad y del cambio de selectividad por posibilidad para tener sexo, cada etapa de la vida tiene su manera de ser disfrutada. Pero el aprendizaje que hemos recibido no contribuye a ello. Los niñ os uno los ve con mucho cariñ o, son para “comérselos”. Lo mismo se siente en la adolescencia por la pareja que quisiéramos tener. También ocurre en la juventud, cuando nos enamoramos. Ya en la madurez buscamos disfrutar con quienes amamos. No sabemos de dó nde vino, pero los viejos sienten que ni el contacto corporal es bien recibido; solo los nietos no nos hacen sentir discriminados, lo que dice que el posible rechazo no es natural, vino con la enseñ anza. La vejez no existe en la vida salvaje, la lucha por la vida es el disfrute y se actú a segú n los impulsos. Pero en la vida social comenzamos a sentir que somos un estorbo, y entonces, luchamos por ser caciques o brujos o miembros del concejo de la tribu. Y si es entre los esquimales es peor, tenemos que resignarnos, salir a caminar para sudar y congelarnos. En la vida moderna, los pobres nos aferramos al cariñ o eterno de familiares, algo que no debía esperarse; tratamos de que nos necesiten por nuestra experiencia, que a nadie le importa; nos enviciamos al juego, para ganar dinero y que sepan que todavía valemos, pero como jugamos del lado de los perdedores, aú n má s nos hacemos dependientes y por lo tanto en una posició n peor, la humillante. Estados Unidos es uno de los pocos países, que los pobres mayores de 65 añ os pueden vivir con dignidad, sin sentir que uno es una carga no deseada para familiares y amigos; donde se puede tener todo tipo de comodidades no lujosas, alimentació n saludable segú n el paladar individual y disfrutar de los beneficios tecnoló gicos. Pero lo peor de la vejez es para los que no logramos perdonarnos. Lo má s que recordamos es precisamente lo que má s nos molesta: hasta las frases inadecuadas de cada día de vida, por nuestra ignorancia, en la perdonable niñ ez y adolescencia, y má s todavía en las estupideces de la adultez. Por

suerte, todavía nos hacen reír a mandíbula batiente el infinito ingenio humorístico de la gente.

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